(Libro) La ilustre degeneración

Extracto del libro “La ilustre degeneración” de Luisa Álvarez de Toledo, aristócrata española apodada La Duquesa roja por su oposición al franquismo.

Hay un montón de gente que conviene eliminar. Socialmente, ¡se entiende! Porque dicen lo que no deben o dan mal ejemplo. ¡No a lo grande!. A veces su influencia no pasa de una calle, de un bar o de un centro con cuatro gatos. Nosotros los descubrimos. Nos enteramos de sus costumbres, medimos su peligrosidad y si valen la pena, hacemos su retrato interior. Podríamos eliminarlos físicamente. Y quitarnos el engorro de encima. Pero estos accidentes, salvo si el tipo es un cabeza loca, son sospechosos y terminan por saberse. Así que nos tomamos el trabajo de eliminarlos psicológicamente. ¡No creas que es tan fácil!. Hay que estudiarlos, saber que les gusta y donde les duele. Romper su equilibrio es lo importante. Un tipo desequilibrado hace y dice tantas tonterías, que se desprestigia en horas. La policía nos manda la ficha. Pero no sirve. Son incompletas, cuando no equivocadas. Así que tengo un montón de gente controlándolos. Cuanto más cerca, ¡mejor!. Amigos, empleados, parientes. Hay hijos que vigilan a los padres; maridos a mujeres. Me importa lo que dicen, no lo que hacen. Lo malo es que a veces nos informan con los pies. Metes un dato equivocado. ¡Y no aciertas ni para atrás!. La verdad es que los informadores trabajan por dos gordas. Y hasta por pura vanidad y de gratis. De los peces gordos nos ocupamos nosotros. Algunos se quedan hechos unos zorros a la primera. Pero otros, ¡no hay quien los rompa!. Tengo casos que los hemos arruinado, destrozado la familia, metido en procesos de todos los colores, dejado sin trabajo y hasta ridiculizado. ¡Y ahí siguen incordiando!. Pero los más acaban donde quiero. Como la gente les rehuye, porque les hemos hecho la cama, se hacen huraños y solitarios. A los débiles le va peor. Terminan en la droga o el manicomio. ¡Pero no creas que sólo hago el mal!. No sabes la cantidad de cretinos que me deben la carrera, porque les hice pasar por lumbreras, ¡en lo que sea!. Confieso que el trabajo me gusta. Fabricar destinos, sin que el sujeto tenga arte ni parte, te hace sentirte un poco como Dios.
– No pagas, pero por lo que veo, ¡cobras!.
– ¡De puta madre! Claro que me pagan mejor otras cosas.
– ¿Qué cosas? Ernesto sonrió malicioso. Explotaba el misterio, porque le favorecía.
– No son para dichas. Casilda rumiaba.
– Lo que no entiendo es la utilidad de hacer la vida imposible a tipos sin importancia.
Ernesto la miró asombrado.
– Dicen lo que no deben y hacen pensar a los demás. ¿Te parece poco?.
– ¿Pero en qué?.
– Es peligroso todo el que descubre contradicciones. Y lo larga. De lo que dice con la realidad. Y de lo que es, con lo que debiera ser. Si lo hace a lo loco, no importa. Pero el que argumenta, ¡se jodió!. Hay que salvar al sistema. Pero sobre todo, ¡a la institución!.
Ocupado igualmente en adornar la imagen de la monarquía, tanto en su pasado como en el presente, Luis pensó que Ernesto podría serle útil…

(p.88 – 89)

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